PADRES FUSTRADOS.
Los tiempos han cambiado. Años atrás, las autoridades eran sagradas.
Una regañina del profesor no se quedaba en la clase, sino que el disgusto se trasladaba a casa, con una segunda reprimenda, esta vez del padre. Ahora, el último es capaz de acudir al colegio a encararse con el maestro.

Por suerte, esto no ocurre en todos los casos, así como este artículo no pretende generalizar, aunque obviar el tema de este escrito sería un ataque de necedad. En el mundo del fútbol, una de las autoridades son los entrenadores, maestros tanto de pequeños como de mayores. Es cierto que algunos enseñan menos que un programa de Telecinco (en los colegios abundan estos entrenadores que no saben ni que un balón es redondo), aunque eso no exime de saber que el que manda es el técnico de turno.
Todo esto lo comentábamos hace un tiempo con Fran Fernández. El técnico almeriense nos contaba casos de padres que le llamaban para pedirle explicaciones de por qué su hijo no jugaba el partido entero o por qué no entraba en la convocatoria. El esfuerzo de los padres es alto, haciéndose kilómetros y más kilómetros para llevar a su retoño a los distintos entrenamientos y partidos. Eso no lleva implícito el pensamiento y el hecho -las manos actúan a veces- de que tu hijo es el mejor y que va a vivir de esto. Lo primero que hay que conocer es que de cada mil llega uno a la élite.
O de cada un millón. Lo importante es que el niño se divierta. Una vez conocido esto, lo mejor es que el padre no se meta en las decisiones de los que mandan: los entrenadores. A algunos, o muchos, esto se les olvida.
Y ocurre por la frustración que tienen. Quieren que su hijo llegue hasta donde ellos no pudieron. El agua debe fluir sola para que el niño con cualidades llegue al mejor puerto. En el momento en el que el padre empuja, algo falla. Generalmente, el que triunfa lo hace rodeado de un buen ambiente familiar. Eso sí, triunfar no tiene que ser la meta de quienes le dan patadas al balón, sino divertirse, por muy tópico y frase moña que suena.
El cacareo de los padres alcanza su clímax en los partidos, insultando al colegiado de turno y situando a los diferentes jugadores, como si estuvieran jugando con el mando de la videoconsola. Y no sólo mandan a su hijo, sino a los otros. Regañar o decirle lo que tiene que hacer a Gustavo con el padre de éste al lado es, simplemente, vergonzoso. Está bien animar a los jugadores, incluso situarlos desde la perspectiva que da la altura de la grada, aunque todo tiene su límite. Uno de los mejores momentos de la semana es cuando el que suscribe ve, con mis amigos, al Oriente senior, de Primera Andaluza. Hay ánimos a los nuestros e incluso algo de presión al rival, pero sin pasarse. Los que juegan son los que están en el césped, algo que parece olvidar ciertos padres. Padres de niños de cinco años, de diez, o de treinta.
Lo último es otro de los aspectos vergonzosos del balompié. Es prácticamente imposible que un tuercebotas que roza la treintena de años y que está en Preferente juegue en Segunda o en Primera; a pesar de ello, muchos familiares creen en la utopía, no sé por qué extraña razón. Toda esta fauna es uno de los cánceres del fútbol. Esto hay que cambiarlo sí o sí, educando a los padres, al igual que se educa a los niños. A veces, los últimos son el ejemplo, tal y como ocurrió la pasada temporada en un partido de niños en
Canarias, cuando Alejandro, un chico de cinco años, separó a su entrenador y al árbitro. Eso sí, el balompié es bonito, no es sólo violencia como piensan otras madres y padres, situados en el otro extremo, que prefieren que su niño no juegue al fútbol, para que no se contagien de esto. Ni lo uno ni lo otro.
Fuente: Nico García
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